ArchivoHidalgo

Salón Regio, una leyenda viva a los 90´ s

Fox y Amlo, 50 y 25 pesos respectivamente, dos billetes que adornan el aparador del Salón Regio. Mujeres en bikinis completan la colección antepuesta a la salsa roja que dará toque final al pescado frito. Al fondo la zona de licores, la barra original de 1928.

La cantina sobrevive a sus 90 años pero lo hace con el estilo y la sorna que le caracterizó desde el principio.

Rubén Darío Márquez es el capitán de este barco, 50 años de su vida han transcurrido en la elongación de paredes amarillas y piso a cuadros. El olor a comida se percibe desde el otro lado de la calle.

Con un fogón de tres perillas hace toda la alquimia: patas de res en vinagre, tostadas, ceviche, tortas y caldos. Todo hecho como le enseñó su madre, cada vez que la menciona junta sus manos y mira al cielo con devoción.

El local persiste en la calle de Ocampo. Cuatro hombres maduros asumen la misión de abrir las puertas cada día y mantener viva la leyenda, lo que hace especial al lugar es la botana, que conquistó a los mineros y, ahora, a funcionarios que escapan en sus recesos.

Diputados, artistas, periodistas y boleros todos por igual son recibidos en la cantina-lonchería, sin pretensiones gourmet pero con el sabor de la receta original.

En la rocola suena Black Sabath, un hombre pasado de tragos escucha extasiado mientras toca su guitarra imaginaria. Mientras conversamos, van llegando clientes: una pareja de señores se sientan en una de las mesas y dos hombres que luego pagarán a unos músicos itinerantes para escuchar huapangos.

Tratar de extraer anécdotas bizarras de Rubén es una misión titánica, es un hombre delgado y sobrio pero amable, sonríe y dice que podría escribir un libro con lo que ha visto allí, pero no suelta detalles.

Las escenas del Regio quedan en secreto de confesión.

Voltea hacia los azulejos de su pequeña cocina y sigue en sus asuntos, es un hombre de acciones, no de palabras. Sin embargo, basta preguntarle si le gusta su oficio para observar como se le ilumina la cara, el lugar tiene 63 años en su familia y hasta su último aliento piensa permanecer allí.

El permiso de presidencia les permite abrir de mediodía a 21:00 horas.

Las puerta giratorias, estilo viejo oeste, se baten nuevamente, un hombre joven con su una coleta estilo samurai entra con una chica. Le dice a Rubén: ¡ ya soy adicto a tus tortas! Es la segunda vez que visita el lugar, a pesar de que el centro es parte de su cotidiano. El descubrimiento lo comparte con la mujer que observa curiosa el entorno. Preguntan sobre las opciones y gracias a la mención de los camarones replica: ¡no me vas a poder sacar de acá!

Ahora se escucha “Que no se enteren” de Jessie Morales, suena el tintineo de las botellas de cervezas en el trasiego de carga y descarga de las rejas, se baten las puertas y volvemos a la calle.

Mostrar más

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close