Archivo

Ernesto, el hombre de la curiosidad perpetua

PACHUCA, Hidalgo, 31/mayo/2018.- Amparo sonríe con la mirada, lo hace al ver a su esposo, compañero con el que ha compartido camino por más de 30 años. Él le devuelve el guiño y juntos nos dan un recorrido por los rincones y tesoros que guardan con celo. Nos reciben en su casa de Campo de Tiro, una vivienda modesta y bonita, que no está acabada. La primera seña importante para entender la psicología de Ernesto.

El inmueble tiene un sótano-cabaña casi listo y un invernadero en el techo en obra limpia. Junto al zaguán, a través de la puerta entreabierta del taller, podemos ver sus herramientas y arriba, desde su palomar, 70 aves gorjean dando la bienvenida.

La propiedad es un juego de Lego, cambiante, con posibilidades y piezas diferentes que cobran sentido en el universo del jalisciense.

Entre su debut, con el Sapo Cancionero, en el Café Cristal de Ciudad de México a los 18 años y su arribo a Pachuca hay una colección de anécdotas.

La guitarra ha sido la constante desde la adolescencia y a la mochila ha añadido instrumentos de viento, percusión y la variedad sonora que proporcionan las cuerdas.

Lleva consigo la historia de Latinoamérica echa música. La carga sobre sus hombros y ésta le retribuye mostrándole el camino, después de todo, es el legado que deja a sus alumnos y a Ana Lorena, su única hija.

Sin embargo, restringirlo a la categoría de músico, mutilaría al personaje. Ernesto es un hombre de muchas dimensiones y, por sobre todas las consideraciones, es colector.

Acumula vivencias, aventuras, antigüedades, cámaras, armas, libros, cañas de pescar, objetos exóticos, animales, ritmos, instrumentos musicales.

Su curiosidad lo mantiene en movimiento y lo obliga a sumergirse en la siguiente exploración: criador de palomas mensajeras, etnomusicólogo, multi-instrumentista, profesor, lutier, poeta, apasionado de la décima y la lista continuará con la nueva ocurrencia que decida abordar. Es una suerte de renacentista, un Da Vinci con la inventiva mexicana.

Salió en búsqueda con la bandera de la música y echó sus raíces en tierras tuzas. ¡Aquí nos quedamos!, señala. Tiene un fortín y una necesidad infinita de indagar, una buena receta contra la indiferencia.

Hoy, Ernesto luce la misma gorra con la que posó en uno de los discos en los que participó Zazhil, el grupo que lo llevó a viajar por distintos países, en el que colaboró con Amparo Ochoa y compartió escenario con Mercedes Sosa.

Toca al ritmo de su querido charango boliviano y suenan los acordes de un cuatro venezolano, me regala melodías de mi tierra. La tertulia puede continuar indefinidamente, ha aprendido a dominar más de 30 instrumentos musicales.

El tiempo se escurre en el universo de quienes viven en la Caja de Pandora, siempre ávidos y dispuestos a la aventura.

Mostrar más

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close