Crónicas marcianas de una extranjera en MéxicoHidalgo

Claroscuros de la muestra de Santiago de Anaya: sobreexplotación, tradición y exoticidad

SANTIAGO DE ANAYA, Hidalgo, 09/abril/2018.- Los gusanos aún se movían en el tazón, para curiosidad y asombro de turistas. Estaban exhibidos junto a la barbacoa de cascabel, zorrillo, tlacuache y zorra.

México es un universo de muchas dimensiones. Ser extranjero en estas tierras multiplica el asombro y el aprecio por la belleza, lo absurdo, lo bizarro y lo violento, todo conviviendo al mismo tiempo, y la Muestra Gastronómica de Santiago de Anaya no es la excepción.

Por tres días cada año el pueblo se engalana, en el corazón del Valle de Mezquital, extensión en la que no pasa nada, por lo menos no a los ojos poco expertos.

La marabunta de gente y de medios invade la tierra en donde el sol y el viento del desierto reina la rutina. Tras 38 ediciones la fama del evento ha crecido y más de mil 500 cocineros participaron con sus platillos hechos de los ingredientes más inesperados, hechos de la sabiduría otomí que por siglos ha ocupado esos paisajes, que sabe encontrar las bondades de las cactáceas y entiende sobre las proteínas de los insectos.

Colores, anuncios, huapango, blusas bordadas, es una fiesta que añade cada vez más pabellones y exponentes.

¡Pruebe, güerita! Escamoles a la mexicana, flores de gualumbo, nieve de xoconostle y pulque… mucho pulque, curados de todos los sabores que pueda imaginar el paladar local.

En el puesto de “Don Pley” ofertaban las especies más raras -dicen que tiene permiso de la Semarnat- es una parada obligada para el foráneo. Mordí mi taco de chicharra de encino y sentí como crujió en mi boca para liberar una carne pastosa, un paté que se disolvió en mi papilas y que, para mi propio asombro, era un manjar.

Lo comí pese a las advertencias de mi familia que me aconsejaba renunciar a mi aventura por medio de un chat, a kilómetros de distancia, refutaban el argumento de comer gusanos. Ellos no viven en México, no conocen el adagio: “Todo lo que se arrastra, corre o vuela… a la cazuela”, ellos no han visto brotar el aguamiel del maguey y el tlachiquero escapa de su cosmovisión.


La próxima prueba: coyote.

No me atreví a hacer el ritual con la tortilla, tan sólo una hilacha de su carne me estremeció. He escuchado sus aullidos en la noche, en el bosque de Costa Rica, eso nunca lo olvidaré. Hay algo profano en comerlo y mi mente antepone al paladar. Me pregunto… ¿cuántos coyotes quedan acá? ¿están en riesgo de extinción? ¿no lo está también la zorra gris? ¿no hay cada vez menos xamues y escamoles?

La feria es promocionada por las autoridades como una joya local, es vistosa y única para el turista, pero inevitablemente con su crecimiento ha devenido la sobreexplotación del entorno, la flora y la fauna que sustenta los pueblos que permanecen en la región.

A la vez es motivo de orgullo para locales, es derrama económica, es tiempo de ser anfitriones, de hacer gala de la hospitalidad que les ha legado la cultura indígena. En México todo es contradicción y alto contraste. Recibí la tarjeta de “Gastronomía Exótica Don Pley”, seguí caminando y volví a escuchar: ¡Pruebe, güerita!

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Ida Vanesa Medina

Venezolana, gitana por convicción, cazadora de historias y de imágenes.

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